Al principio, cuando todavía estaba con el borrador, pensé como título de la novela “Playas de Normandía”. Incluso mantuve ese título una vez acabada de escribir y, así titulada, la envié a alguna editorial.
Ese título recogía la idea que me había llevado a escribir la novela (ver
"por qué escribí esta novela"). Cuando Chalo se imagina a sí mismo en mitad del desembarco de Normandía, es una forma plástica, una imagen, de lo que sucede en el aula. Son muchos los alumnos –unos todavía niños, otros adolescentes, personas todavía sin hacerse-, que se quedan a mitad de camino en su propia vida. De pronto, su proyecto vital se trunca… Y a nadie le importa, nadie hace nada, ni siquiera sus padres, que ni se dan cuenta de lo que les está sucediendo.
Tanto Chalo como Samu son unos más de los miles que han quedado tirados sobre la arena de la playa en el desembarco a la vida, a su propia vida. Y sin embargo, se han convertido en hombres enteros.
En nuestra sociedad, nos quedamos con los héroes. Tributamos honores a los supervivientes, pero no nos damos cuenta de que han podido vivir, precisamente gracias a todos los que dieron su vida para que ellos pudiesen seguir avanzando. Claro, un héroe es un héroe. Y un muerto sólo es un cadáver.
Sin embargo, (y me gustaría recalcar esta idea que se puede percibir como trasfondo de la novela) aunque pueda parecer que todo apunta a que la vida de Chalo y Samu van directas al fracaso, sin embargo, son muy ricas, están tan cargadas de vida como la del personaje más deslumbrante que uno pueda imaginarse. Las vidas de Chalo y Samu son vidas que merecen la pena ser vividas, aunque no haya brillo en ellas.
Esas eran las realidades que estaban detrás de aquel título que no acabé de mantener. "En primaria todos éramos muy listos", el título que finalmente quedó, quizá refleje mejor la lucha interior de Chalo y consiga mejor el propósito de que quien vea la portada se sienta atraído por la lectura de la novela.